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viernes, 3 de abril de 2009

¿QUÉ HEMOS HECHO LOS PADRES?

El otro día Isabel fue de compras al supermercado con nuestras hijas, de 5 y 3 años, y un amiguito de la mayor. Cuando llevaban allí un rato, por las risitas de los niños comprendió que estaban tramando algo. Al pasar por caja les preguntó “No habréis cogido nada, ¿verdad? Porque si habéis cogido algo habrá que pagarlo” “No, no llevamos nada” decían con las manos en los bolsillos los ingénuos. “¿Seguro?” “Seguro”. Así que Isabel pagó a la cajera y todos salieron a la calle.
Camino de casa del amiguito de mi hija, Isabel, sabía a ciencia cierta que algo se habían llevado, de manera que les advirtió “no está bien llevarse nada que no hayáis pagado, eso es robar, así que si habéis cogido algo lo mejor es que lo digáis. No me enfadaré por ello pero sí si me mentís”. Después de insistir un poco en el mismo discurso, la mayor y su amigo acabaron reconociendo que habían sustraido algunos cromos de los que van pegados en las tapas de los yogures. Como llegados a ese punto ya habían alcanzado la casa del amiguito de mi hija, Isabel dejó a éste allí (no sin antes contar lo sucedido al padre del niño y anunciarle su plan de acción por si quería compartirlo).
Isabel le explicó a Leire, nuestra hija, que debían dirigirse nuevamente al supermercado a devolver los cromos. Se puede imaginar la reacción de la niña. “No, por favor, mamá, no me hagas hacer eso” suplicaba. “Sí, cariño, cuando decides hacer algo tienes que saber que tiene unas consecuencias” “¿A ti te gustaría que compráramos nosotros los yogures y no estuvieran los cromos que coleccionas porque se los hubiera llevado algún niño?” Evidentemente, mi hija lo estaba pasando muy mal. Y no porque fuera a perder los cromos (que en ese momento le importaban un pepino) sino porque estaba avergonzada y temía la reacción de la cajera. También es evidente que Isabel lo estaba pasando muy mal porque a nadie le gusta ver sufrir a sus hijos. Ya en el super, Leire tuvo que explicarle a la cajera que había vuelto para devolver los cromos que se había llevado sin pagar (por supuesto que lo dijo con un hilillo de voz, muy avergonzada). “No lo harás más, ¿verdad?” preguntó la cajera. “No”.
Tanto Isabel, que pienso que lo hizo todo perfecto, como yo cuando tuve oportunidad, le dijimos que había sido muy valiente al haber devuelto lo robado y aunque no nos había gustado nada pero nada, nada, nada que se llevara los cromos también estábamos muy contentos porque había sabido asumir su responsabilidad.

Hablando del tema con otras personas nos hemos dado cuenta de que esto de robar en la tienda es un hecho muy corriente entre los niños que se suele dejar zanjado, como mucho, con una reprimenda de los padres. Más o menos la misma que se utiliza para que se acaben la cena o hagan los deberes. Creo que hemos dejado de lado la educación en valores. Nos preocupa mucho más que nuestros hijos aprendan inglés, alemán y ruso, estudien en la facultad y sean los más listos, los más guapos y los que mejor juegan al fútbol que sean solidarios, generosos o justos. Es más, a veces podría parecer que serlo fuera un inconveniente a la hora de ganar la carrera de la competitividad (que muy a menudo se gana poniendo zancadillas).

Quería reflexionar acerca de la educación de nuestros hijos, pero me he acordado de un artículo que publicaba hace algunos meses el boletín que edita el colegio de mis hijas. Es del psicólogo Jaime Fuster Pérez. Lo copiaré tal cual pues lo suscribo a principio a fin, y así me ahorro la redacción. Hago mías sus ideas:


¿QUÉ HEMOS HECHO LOS PADRES?”

Sencillamente hemos abdicado.
Hemos abdicado de padres y pretendido ser amigos, sin pensar que los amigos se eligen y los padres se precisan.
Hemos abdicado de fijar los límites de acción de nuestros
hij@s a su propia voluntad del momento.
Hemos abdicado de enseñarles cómo es la vida para mostrarles sólo postales de color rosa.
Hemos abdicado de mostrarles cómo es la sociedad con que se van a encontrar, para engañarles con una total tolerancia e incluso lo que es peor, sumisión a todos sus deseos.
Hemos abdicado de estimularles al esfuerzo, dándoles la merienda antes de que la pidieran, llevándoles la mochila del cole sin que se hagan conscientes del peso innecesario que le van metiendo.
Hemos abdicado de que aprendan a compartir y nos hemos sacado el caramelo de la boca para que
ell@s lo chuparan, cuando sólo había uno.
Hemos abdicado de mandar cuando se precisa, haciéndoles pensar que así sería su futuro.
Hemos abdicado de permitirles que vivieran alguna frustración, apoyándonos en una teoría en vigor en los EEUU hace 20 años y que ya está absolutamente desprestigiada y obsoleta, sin caer en la cuenta de que en la vida vivimos tantas frustraciones que aprender a soportarlas o a resolverlas es imprescindible. Y que nosotros podemos enseñárselo progresivamente.
Hemos abdicado en el colegio para que allí tomen la responsabilidad de su educación sin pensar que es algo permanente, constante y que precisa la colaboración máxima de
tod@s cuantos en ella intervienen. Incluso de forma sistemática les hemos dado la razón cuando nos han dicho: “el profe me tiene manía” y les hemos defendido, de forma en ocasiones agresiva frente al profesorado, sin querer pensar en que normalmente el profesorado no tiene manía y normalmente también, los niños y niñas hacen normales trastadas...
Hemos abdicado en la Tele, para que les entretenga y tener así
nosotr@s más libertad, más tiempo, sin pensar, o lo que es peor sin dar importancia a lo que allí ven: series que no por ser de dibujos dejan de ser terriblemente agresivas, películas con personajes amorales que presentados como atractivos y simpáticos van a ser modelos para nuestr@s hij@s, olvidando que los niños y niñas aprenden por observación.
Teniendo un mínimo de paciencia y analizando veremos en un día cuántas proyecciones hay en que no salgan asesinatos, odios, violaciones, robos... Nos asombraremos. Y eso no es la vida pero de eso se aprende y se pasa a considerar normal.
Hemos abdicado de... Hemos abdicado en... Nuestra lista podría ser larga.
Quizás podamos reflexionar. Quizás aún nuestra abdicación no sea definitiva y podamos volver a ser padres.
Jaime Fuster Pérez. Psicólogo.