Calvin Coolidge fue presidente de los EE.UU entre 1923 y 1929. Cuentan que en una visita que realizó con su esposa a una granja avícola, la Sra. Coolidge preguntó cómo podían producir tantos huevos habiendo tan pocos gallos. El granjero explicó que sus gallos cumplían con su deber docenas de veces al día.
“Quizá debería hacérselo saber al Sr. Coolidge” respondió en alto la primera dama.
El presidente, que oyó el comentario, preguntó al granjero “¿los gallos cubren a la misma gallina cada vez?” “no” contestó el granjero “hay muchas gallinas para el mismo gallo”. “Quizá debería hacérselo saber a la Sra. Coolidge” contestó el presidente.
“Quizá debería hacérselo saber al Sr. Coolidge” respondió en alto la primera dama.
El presidente, que oyó el comentario, preguntó al granjero “¿los gallos cubren a la misma gallina cada vez?” “no” contestó el granjero “hay muchas gallinas para el mismo gallo”. “Quizá debería hacérselo saber a la Sra. Coolidge” contestó el presidente.
Esta anécdota, que no sé si realmente existió, dio nombre al llamado efecto Coolidge. El efecto Coolidge es el hecho de que un macho, cuando copula, y se vuelve incapaz de continuar la cópula con una pareja sexual, puede a menudo reanudarla con una nueva pareja. Esto es lo que venía a demostrar un experimento llevado a cabo (esta vez con ratones) en 1988. Aunque inicialmente se pensó que se daba sólo en machos, investigaciones posteriores demostraron que el efecto se da también en hembras.
Creo que ya superamos aquella pregunta de ¿debe darse el sexo sin amor? Casi todos tenemos claro que sí, aunque alguien piense que si se da con amor, mucho mejor, o al menos con un poco de cariño. La pregunta siguiente que yo formularía es ¿puede darse el sexo fuera de la pareja? Es decir, ¿con alguien que no es tu pareja estable? Yo creo que hay en conflicto dos voluntades: una, la de seguir viviendo en un espacio seguro emocionalmente en el que además estás a gusto porque la persona con la que lo compartes te gusta, la quieres y tienes con ella proyectos comunes*. De otra parte, el deseo de tener sexo con otras personas, la llamada de los genes, de las hormonas, de los escotes, las minifaldas o los calendarios de bomberos. Esa lucha entre esas dos fuerzas se da y yo me atrevería a decir que en todas las parejas. Más tarde o más temprano pero se da.
¿Cuál es la forma más sana de conciliar estas dos voluntades? ¿Debemos renunciar a una vida feliz para poder tener sexo con otras personas? o ¿debemos renunciar a tener sexo con otras personas para salvar nuestra vida feliz? ¿Y si con esta renuncia nuestra vida no acaba siendo tan feliz como pensábamos? ¿Podemos seguir siendo felices con nuestra pareja practicando sexo con otras personas sin sentimiento de culpa y sin tener que dar explicaciones a nadie? ¿Por qué aun aceptando la infidelidad nos pone tan celosos pensar que nuestra pareja pueda estar con otra persona?
Joder, qué pesadito me he vuelto con tanta pregunta.
*Doy por hecho que si en la pareja no se dan las condiciones de las que hablo (tener un proyecto común, quererse, gustarse...) lo mejor es dar por terminada la relación (no pienso hablar de hijos e hipotecas)
Como ya anuncié (y a petición de Bonsai) os he dejado una nueva encuesta. Sed sinceros que es anónima.
