Mostrando entradas con la etiqueta experimentos. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta experimentos. Mostrar todas las entradas

viernes, 13 de marzo de 2009

DE MONOS A RATONES (Y SIN CAMBIAR DE TEMA)

Calvin Coolidge fue presidente de los EE.UU entre 1923 y 1929. Cuentan que en una visita que realizó con su esposa a una granja avícola, la Sra. Coolidge preguntó cómo podían producir tantos huevos habiendo tan pocos gallos. El granjero explicó que sus gallos cumplían con su deber docenas de veces al día.
“Quizá debería hacérselo saber al Sr. Coolidge” respondió en alto la primera dama.
El presidente, que oyó el comentario, preguntó al granjero “¿los gallos cubren a la misma gallina cada vez?” “no” contestó el granjero “hay muchas gallinas para el mismo gallo”. “Quizá debería hacérselo saber a la Sra. Coolidge” contestó el presidente.

Esta anécdota, que no sé si realmente existió, dio nombre al llamado efecto Coolidge. El efecto Coolidge es el hecho de que un macho, cuando copula, y se vuelve incapaz de continuar la cópula con una pareja sexual, puede a menudo reanudarla con una nueva pareja. Esto es lo que venía a demostrar un experimento llevado a cabo (esta vez con ratones) en 1988. Aunque inicialmente se pensó que se daba sólo en machos, investigaciones posteriores demostraron que el efecto se da también en hembras.

Creo que ya superamos aquella pregunta de ¿debe darse el sexo sin amor? Casi todos tenemos claro que sí, aunque alguien piense que si se da con amor, mucho mejor, o al menos con un poco de cariño. La pregunta siguiente que yo formularía es ¿puede darse el sexo fuera de la pareja? Es decir, ¿con alguien que no es tu pareja estable? Yo creo que hay en conflicto dos voluntades: una, la de seguir viviendo en un espacio seguro emocionalmente en el que además estás a gusto porque la persona con la que lo compartes te gusta, la quieres y tienes con ella proyectos comunes*. De otra parte, el deseo de tener sexo con otras personas, la llamada de los genes, de las hormonas, de los escotes, las minifaldas o los calendarios de bomberos. Esa lucha entre esas dos fuerzas se da y yo me atrevería a decir que en todas las parejas. Más tarde o más temprano pero se da.
¿Cuál es la forma más sana de conciliar estas dos voluntades? ¿Debemos renunciar a una vida feliz para poder tener sexo con otras personas? o ¿debemos renunciar a tener sexo con otras personas para salvar nuestra vida feliz? ¿Y si con esta renuncia nuestra vida no acaba siendo tan feliz como pensábamos? ¿Podemos seguir siendo felices con nuestra pareja practicando sexo con otras personas sin sentimiento de culpa y sin tener que dar explicaciones a nadie? ¿Por qué aun aceptando la infidelidad nos pone tan celosos pensar que nuestra pareja pueda estar con otra persona?
Joder, qué pesadito me he vuelto con tanta pregunta.

*Doy por hecho que si en la pareja no se dan las condiciones de las que hablo (tener un proyecto común, quererse, gustarse...) lo mejor es dar por terminada la relación (no pienso hablar de hijos e hipotecas)
Como ya anuncié (y a petición de Bonsai) os he dejado una nueva encuesta. Sed sinceros que es anónima.

martes, 10 de marzo de 2009

EL MONO QUE INTENTÓ ALCANZAR LAS BANANAS

Esto de los experimentos me está resultando interesante. El que voy a contar a continuación hace tiempo que lo conozco, posiblemente vosotros también, y explica el poder de las costumbres en la sociedad. Espero que a Anita no le parezca cruel esta vez (no te enfades, que es guasa).
Tenemos 6 monos en una jaula. En medio, y sobre una escalera, se sitúa unas bananas. Cada vez que uno de los monos intenta alcanzarlas una manguera de agua a presión se acciona contra el grupo. Así, una y otra vez hasta que los monos desisten de la idea de obtenerlas, pues ello comporta un castigo. Llegados a ese punto, se sustituye uno de los monos. Como es natural, el recién llegado trata de alcanzar la fruta deseada. Cuando lo intenta, el resto de inquilinos arremete a golpes contra él para impedir ser castigados con un manguerazo. Tras algunos intentos más, con el mismo resultado, este mono renuncia a la banana. En ese momento se sustituye otro mono. La historia se repite con éste (que es agredido incluso por el primer sustituto, quien jamás recibió manguerazo alguno) y luego con otro sustituto y con otro más y así hasta que los 6 monos son reemplazados. Ninguno de los que queda ahora ha recibido jamás un manguerazo, sin embargo ninguno intenta alcanzar el fruto deseado. De manera que tenemos 6 monos en una jaula con unas deliciosas bananas a su alcance y, sin saber ninguno de ellos el porqué, nadie trata de cogerlas (no sé si “nadie” se le puede aplicar a un animal, pero es que estos monos se nos parecen tanto...)

¿Cuántas cosas hacemos porque siempre se han hecho así? Os invito a que me contéis unas cuantas. A mí se me ocurre alguna: la fidelidad, o más concretamente, el buen concepto público, casi institucionalizado, que se tiene de ella. Estoy acabando de leer Sexualmente, el libro de Nùria Roca, una deliciosa proclama de todo lo contrario. Dice en su capítulo 20 “la fidelidad es como la monarquía, algo que sabemos que no tiene sentido, pero que no queremos cambiar. No tiene sentido que un señor sea el jefe de un Estado por ser el hijo de una persona concreta, como no tiene sentido que alguien mantenga sexo únicamente con la misma persona durante décadas. Lo aceptamos, pero que nadie me cuenta a mí que eso es normal”... “Los seres humanos evolucionamos, las mujeres hemos cambiado y ocupamos un lugar destacado en las sociedades, hay un nuevo hombre que busca su nueva ubicación en el mundo, pero la pareja sigue rigiéndose con las mismas reglas de hace siglos. ¿Será la explicación del 70 por 100 de separaciones? No será la única, pero con otras reglas es posible que algunos matrimonios pudieran salvarse. ¿El tuyo, por ejemplo? Piénsalo”

Seguramente volveré a este libro y a este experimento en más ocasiones, pero no será hoy, que cada vez me acuesto más tarde y he de madrugar.

sábado, 7 de marzo de 2009

EL EXPERIMENTO DE LA PRISIÓN DE STANFORD

Indagando sobre el experimento que nos contó Miguel Angel, he encontrado otro que también me ha parecido interesante y que nos lleva a similares conclusiones. En resumen se trata de la creación de una cárcel ficticia como escenario y la selección de un grupo experimental de 24 universitarios de clase media que son divididos aleatoriamente en dos grupos iguales: la mitad guardas, la otra mitad reclusos. De inmediato, ambos grupos asumen su rol. Los guardas someten a los reclusos a un trato vejatorio y humillante que éstos aceptan.
Tanto se fue el experimento de las manos de los investigadores que tuvo que suspenderse a los 6 días cuando estaba programado para 14.

Aunque el estudio haya sido criticado por falta de ética y porque no se ajusta a las condiciones del método científico, leer en profundidad los pormenores del mismo es para asombrarse y asustarse. Como en el caso del experimento de Milgram (el de las descargas eléctricas) se trata de evadir la propia responsabilidad moral, ya sea por tener un respaldo institucional que legitima nuestra acción o por cumplir órdenes. Pero quién no ha visto asunciones de rol similares en algún policía, en algún encargado de alguna fábrica, en algún jefecillo, en algún delegado de clase en nuestra etapa escolar, en algún funcionario o en algún cabo del ejército. ¿Quién que haya hecho el servicio militar no recuerda la mutación de roles entre recluta y veterano con la llegada de los nuevos reemplazos? Meditadlo.
Si queréis saber más sobre el experimento, hacer clic en los siguiente enlaces:

miércoles, 4 de marzo de 2009

¿LO HARÍAS? (II)

Mi amigo Miguel Angel ha aportado una variante al dilema moral que planteaba yo ayer. La cuestión que él presenta carece de la figura de la recompensa pero me ha parecido muy interesante, así como la respuesta de Bonsai. Por ello he decidido trasladar aquí ambas intervenciones desde el apartado de comentarios.

Decía Miguel Angel:
En el experimento de Stanley Milgram, en la Universidad de Yale en 1961, se seleccionaba gente para realizar un experimento sobre el aprendizaje y les decían que tenían que aplicar descargas electricas sobre sus "alumnos" si fallaban las respuestas, las descargas iban aumentando de voltaje,los supuestos alumnos estaban conchabados para fingir dolores atroces. Pues bien la mayoría de la gente llego a aplicar descargas MORTALES. No por dinero, ni por nada, solamente por que alguien se lo mandaba y la gente obedecia como Borregos, la verdad es que es desolador.

Decía Bonsai:
El experimento que comenta Miguel Angel me ha hecho reflexionar sobre ese borreguismo que tanto se ha dado y se da en los campos de concentración, en las guerras.....militares que se deben a una causa. Son botones invisibles que se aprietan lentamente, torturas, órdenes de fusilamiento, matanzas, ultrajes.... todo ello por obediencia absoluta a un esquema. Y el dilema sería ¿una causa puede anular la moralidad indidual de la persona?. Creo que no es borreguismo, es cobardía, es negar la responsabilidad personal que tenemos sobre nuestras decisiones y desviarla hacia otro lugar donde se justifiqua lo injustificable. Las personas del experimento aprietan porque piensan que no aprietan ellos.


El genocidio nazi del pueblo judío fue posible por lo que ambos apuntaban. Por borreguismo, por cobardía, por negar la responsabilidad personal que tenemos sobre nuestras decisiones, como decía Bonsai. También por miedo, claro que sí (qué gran tema el miedo). Fue posible porque muchos ciudadanos de a pie se prestaron a seguir los dictados de la propaganda nazi, pasando a formar parte de la maquinaria. Seguramente les resultó más cómodo obedecer las órdenes que cuestionarlas y fueron cómplices, por acción o por omisión, de la barbarie. Por eso admiro, como a ninguno, a Oskar Schindler. Es más o menos fácil jugársela cuando no se tiene nada que perder, él sin embargo era un industrial rico, vividor, despreocupado, que pertenecía a las SS y que hizo una gran travesía para convertirse en un héroe que salvó miles de vidas judías poniendo en juego la suya propia y dilapidando su gran fortuna. Él no eludió su propia responsabilidad cuando tenía muy fácil haberlo hecho.
Hay un refrán italiano que me gusta mucho. Dice: “¿llueve? Porco gobierno”. Somos muy dados a echar la culpa de nuestros males al gobierno, a la patronal, a los sindicatos, a los bancos, a la sociedad...lo cual está muy bien, pero nunca nos fijamos en nosotros mismos.