jueves, 30 de abril de 2009

ENRIC DURAN, UN ROBIN HOOD ACTUAL

Hace unos meses acudí a un teatro de Valencia para recoger unas invitaciones que me tenían preparadas. El encargado de entregármelas, después de saludarme, subió unas escaleras que conducían al despacho donde las tenía, pero algo le entretuvo por el camino y se olvidó de mí por completo. Mientras tanto, entablé conversación con uno de los empleados del teatro. No sé cómo empezó la charla ni cómo derivó a este tema, pero el caso es que me contó que había escuchado en la radio la entrevista a un tío que decía haber conseguido timar a los bancos una burrada de dinero, que lo había hecho por principios y que lo había repartido todo entre organizaciones sociales. El se había quedado un euro, que era lo que necesitaba para vivir (¡qué suerte! Dije yo) .

Cuando era pequeño tenía una colección de historias de Walt Disney que leía y releía una y otra vez. Pero sin duda mi preferida era Robin Hood, que en la versión de Walt Disney lo encarnaba un simpático zorro.Por eso me gustó la historia que me contó este chico. Me sorprendió no haberla escuchado antes y no me preocupé por indagar demasiado por si la realidad, como tantas otras veces, estropeaba un relato que me gustaba cómo me lo habían contado. Creo que hasta imaginaba al timador con cara de zorro.

Pero hoy me he decidido a buscar en google, y me he encontrado la historia de Enric Durán, un tipo de cuyas ideas y medios alguien discrepará, pero sin dejar de reconocer que aquel que se juega su pellejo por principios y sin caer en la tentación de sacarle provecho merece como mínimo nuestro respeto y reconocimiento.
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viernes, 24 de abril de 2009

CAMPS Y LAS AMISTADES PELIGROSAS

Estoy tremendamente enfadado. Sí, estoy enfadado con mis amigos. Porque nunca me dicen cosas tan bonitas como “te quiero un huevo”, ni me juran lealtad ni me mandan tarjetones para felicitarme la navidad. ¡Qué cabrones!

Sabéis de qué estoy hablando, ¿verdad? Francisco y Alvaro nos han dado una gran lección de amistad y de cariño. “Te sigo queriendo mucho” decía Alvaro, “te quiero un huevo” y “quiero que nos veamos con tranquilidad para hablar de lo nuestro...que es muy bonito”, decía Francisco (no, que nadie piense mal. Ya sé que estos términos son muy habituales en recién enamorados pero aquí sólo hay amistad. Francisco y Alvaro son dos hombres y, al menos el primero, de profundas convicciones católicas). Y tan amigos son, que Alvaro le hace regalitos a Francisco y a su familia, porque los quiere a todos un montón. Los míos sólo me regalan algo cuando hacemos el amigo invisible, y no pasa de 15 euros, vaya fastidio.

Pero que nadie saque otras conclusiones. Los regalos que tanto entusiasmaban a Francisco y a Isabel –su mujer- (“te has pasado 20 pueblos”, decía ella) son una muestra más de la generosidad de un amigo y de su agradecimiento: “fíjate, fíjate si te debo” le decía Alvaro a Francisco.

No sé a qué se deberá tanto agradecimiento, imagino que algún día Francisco se quedó con los niños de Alvaro, le invitó al fútbol, le ayudó a hacer la declaración de la Renta o quizás le presentó a una amiga a la que es una delicia tener en la cama. No lo sé, pero de bien nacidos es ser agradecidos, ¿o no?.

Quien piense que no ha sido por este tipo de favores que suelen hacerse los amigos sino que tiene más bien algo que ver con los contratos por valor de más de 5 millones de euros que se ha llevado la empresa de Alvaro, Orange Market, en los últimos 4 años, a costa de los contribuyentes y de otros contratistas, es un mal pensado. Ya sabéis, “cree el ladrón que todos son de su condición”.

Pero no estaría mal que para apagar esta serie de comentarios, difamaciones, mentiras y habladurías, Francisco, que suele tener muchos micrófonos a su alrededor, y que, según Alvaro, atesora un gran “caudal y facilidad de palabras” abriera la boca y lo aclarara todo. Porque, si bien es verdad que tendrá que hacerlo ante el Tribunal Superior de Justicia de la C.V. (no tendrá otro remedio), no es menos cierto que los ciudadanos quieren oir ya una explicación (más allá de que todo es un montaje) bien en las Cortes, bien ante las preguntas de la prensa (en los dos foros sería la hostia). Es una lástima que a Francisco le hayan molestado siempre tanto las preguntas, como podéis comprobar en este enlace.

Su antecesor en el cargo, compañero de partido y rival personal, Eduardo Zaplana, quizás pueda explicarle cómo salirse de rositas cuando te pillan un comentario inoportuno en unas escuchas telefónicas (ya sabéis, “estoy en política para hacer dinero”). La frase no le impidió presidir la Generalitat ni ocupar un Ministerio.

En todo caso, no será tan importante todo este lío, pues en canal 9, la televisión valenciana, no dicen nada.
Para quien ande un poco perdido, aquí está la conversación publicada por El País:
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domingo, 19 de abril de 2009

MANOLO Y EL PEZ GORDO

Manolo había sido miembro de la Guardia de Asalto, un cuerpo de seguridad del Estado creado en tiempos de la II República. Al finalizar la Guerra Civil sólo unos pocos de los integrantes de la Guardia de Asalto superaron los expedientes de depuración y continuaron en el nuevo cuerpo de policía del Régimen de Franco (la Guardia de Asalto se había mantenido fiel a la República). De los restantes, unos se buscaron la vida haciendo o intentando hacer otras cosas y otros, los peor parados, los que tuvieron mayor implicación con el gobierno de la República, pasaron a engrosar las listas de represaliados por el franquismo.

Manolo no fue de los que peor suerte corrió, y encontró trabajo de acomodador en la plaza de toros de Valencia. Pero como muchos otros, vivía con el miedo en el cuerpo de que cualquier día llamaran a su puerta y se lo llevaran preso porque, aun no habiendo tenido una actividad política pública, la gente de su alrededor sabía perfectamente que era un hombre de izquierdas.

Manolo estaba ocupando el lugar en las gradas que le correspondía en un día de corrida, y que era cerca, muy cerca del palco de autoridades, cuando percibió que alguien desde ese palco le miraba con insistencia. Manolo comenzó a sudar de nerviosismo y a imaginarse la peor de las situaciones “este pez gordo se me lleva por delante”. Su corazón cambió de ritmo cuando el pez gordo lo hizo llamar y ante él tuvo que acudir, pese a que sus piernas no querían caminar.

- ¿No sabe quién soy yo?
- No, no lo sé
- ¿No se acuerda de mí?
- No, la verdad es que no.

El pez gordo le contó que, años atrás, lo llevaron preso a la comisaría en la que había prestado servicios Manolo. Y allí le estaban sometiendo a algo más que un amable interrogatorio cuando entró él -el en ese momento acomodador- hecho una fiera –porque tenía muy mal genio- y gritando que mientras él estuviera en esa comisaría allí no se iba a maltratar a nadie, fuera quien fuera.

Manolo asentía, dando por ciertos los hechos que relataba el pez gordo y temiendo todavía por la resolución de esta conversación. Se quedó más tranquilo cuando el pez gordo le dijo, extendiéndole una tarjeta de visita:

- Quiero que sepa que estoy muy agradecido por lo que usted hizo por mí aquel día. Si alguna vez necesita algo, sea lo que sea ¿eh? lo que sea, sólo tiene que venir a verme.
Y le estrechó la mano con fuerza.

Cuando Manolo se despidió de este hombre, con el pulso ya recuperado y el color ocupándose de volver a extenderse por su piel, leyó en la tarjeta recibida que había estado hablando con don Adolfo Rincón de Arellano -el, en ese momento, Presidente de la Diputación Provincial de Valencia y que, posteriormente, entre 1958 y 1969, se convertiría en alcalde de Valencia-.

Manolo no lo pasó muy bien todos esos años. La crisis en aquel entonces era la situación habitual del país y él vivía con su mujer y su única hija realquilado en casa de unos amigos. Y es por eso que alguna vez su mujer le propuso que acudiera a aquel hombre. Su respuesta fue siempre un rotundo no.

En los últimos años de vida de Manolo, nuevamente su mujer y muchos allegados le volvieron a insistir. Esta vez el motivo era distinto. Adolfo Rincón de Arellano compatibilizaba su carrera política con su actividad como cardiólogo, siendo uno de los especialistas de mayor prestigio en España. Y a Manolo, el tabaco le había respetado los pulmones pero le había minado el corazón.

Hubiera sido un final feliz contar que el pez gordo acabó salvando el corazón de Manolo pero no fue así porque ni siquiera le dejó intentarlo. Manolo siguió diciendo que no y murió en 1959. ¿Dignidad? ¿Orgullo? ¿Las dos cosas? Sólo sé que mi abuelo Manolo Martínez, al que nunca conocí, me demostró que hay que tener principios aunque no les saquemos partido, y respetar a todo el mundo sin esperar nada a cambio.
Estoy seguro de que Adolfo Rincón de Arellano, al que veis en la foto, también fue un gran hombre. Y hasta creo que fue un buen alcalde. Murió hace 3 años, a la edad de 96.


martes, 7 de abril de 2009

QUE EMPIECE LA DISCUSIÓN: EpC

Hemos tratado en el anterior tema propuesto de la educación en el ámbito familiar. Como parece que hay bastante unanimidad en nuestros planteamientos y compartimos también, aunque con matices, las mismas conclusiones, he querido dar un paso más en el debate sobre la educación de nuestros hijos, más allá de la encomendada a los padres.


Con el propósito de introducir la discusión quiero hablar de un tema polémico, que seguramente provocará menos palmaditas en la espalda de los habituales y entusiastas comentaristas de este blog. Se trata de la asignatura Educación para la Ciudadanía.


Os he de decir que nunca he entendido la oposición tan grande que algunos sectores mantienen a esta asignatura, concretamente la Iglesia, algunas asociaciones de padres católicos y el partido popular. Sabéis que el gobierno de la Comunidad Valenciana, no pudiendo incumplir una legislación que obliga a todo el Estado, la ha boicoteado regulando su impartición en inglés. En las aulas, cuando se imparte, hay, junto al profesor, un traductor, pese a que los mismos profesores de inglés llevan tiempo demandando más medios humanos para impartir la enseñanza del idioma.


He entrado en algunos blogs y webs contrarios a la asignatura y, aparte de muchos comentarios, manifiestos, enlaces y propaganda, no he encontrado el contenido mismo de EpC. Como no quiero caer en el mismo error, os dejo el enlace al programa, tal y como lo regula el Real Decreto que la crea. Porque me parece absurdo opinar sobre opiniones, como hacen otros, sin acudir a la fuente de la discordia, siendo que está tan al alcance como está. Y no sé si pensar que en el mismo desconocimiento de la ley está el motivo de su rechazo.


Publicar este nuevo tema no implica cerrar el anterior, que aun estaba vivo. Me gustaría que siguiérais publicando las opiniones e inquietudes que hayan quedado pendientes.


viernes, 3 de abril de 2009

¿QUÉ HEMOS HECHO LOS PADRES?

El otro día Isabel fue de compras al supermercado con nuestras hijas, de 5 y 3 años, y un amiguito de la mayor. Cuando llevaban allí un rato, por las risitas de los niños comprendió que estaban tramando algo. Al pasar por caja les preguntó “No habréis cogido nada, ¿verdad? Porque si habéis cogido algo habrá que pagarlo” “No, no llevamos nada” decían con las manos en los bolsillos los ingénuos. “¿Seguro?” “Seguro”. Así que Isabel pagó a la cajera y todos salieron a la calle.
Camino de casa del amiguito de mi hija, Isabel, sabía a ciencia cierta que algo se habían llevado, de manera que les advirtió “no está bien llevarse nada que no hayáis pagado, eso es robar, así que si habéis cogido algo lo mejor es que lo digáis. No me enfadaré por ello pero sí si me mentís”. Después de insistir un poco en el mismo discurso, la mayor y su amigo acabaron reconociendo que habían sustraido algunos cromos de los que van pegados en las tapas de los yogures. Como llegados a ese punto ya habían alcanzado la casa del amiguito de mi hija, Isabel dejó a éste allí (no sin antes contar lo sucedido al padre del niño y anunciarle su plan de acción por si quería compartirlo).
Isabel le explicó a Leire, nuestra hija, que debían dirigirse nuevamente al supermercado a devolver los cromos. Se puede imaginar la reacción de la niña. “No, por favor, mamá, no me hagas hacer eso” suplicaba. “Sí, cariño, cuando decides hacer algo tienes que saber que tiene unas consecuencias” “¿A ti te gustaría que compráramos nosotros los yogures y no estuvieran los cromos que coleccionas porque se los hubiera llevado algún niño?” Evidentemente, mi hija lo estaba pasando muy mal. Y no porque fuera a perder los cromos (que en ese momento le importaban un pepino) sino porque estaba avergonzada y temía la reacción de la cajera. También es evidente que Isabel lo estaba pasando muy mal porque a nadie le gusta ver sufrir a sus hijos. Ya en el super, Leire tuvo que explicarle a la cajera que había vuelto para devolver los cromos que se había llevado sin pagar (por supuesto que lo dijo con un hilillo de voz, muy avergonzada). “No lo harás más, ¿verdad?” preguntó la cajera. “No”.
Tanto Isabel, que pienso que lo hizo todo perfecto, como yo cuando tuve oportunidad, le dijimos que había sido muy valiente al haber devuelto lo robado y aunque no nos había gustado nada pero nada, nada, nada que se llevara los cromos también estábamos muy contentos porque había sabido asumir su responsabilidad.

Hablando del tema con otras personas nos hemos dado cuenta de que esto de robar en la tienda es un hecho muy corriente entre los niños que se suele dejar zanjado, como mucho, con una reprimenda de los padres. Más o menos la misma que se utiliza para que se acaben la cena o hagan los deberes. Creo que hemos dejado de lado la educación en valores. Nos preocupa mucho más que nuestros hijos aprendan inglés, alemán y ruso, estudien en la facultad y sean los más listos, los más guapos y los que mejor juegan al fútbol que sean solidarios, generosos o justos. Es más, a veces podría parecer que serlo fuera un inconveniente a la hora de ganar la carrera de la competitividad (que muy a menudo se gana poniendo zancadillas).

Quería reflexionar acerca de la educación de nuestros hijos, pero me he acordado de un artículo que publicaba hace algunos meses el boletín que edita el colegio de mis hijas. Es del psicólogo Jaime Fuster Pérez. Lo copiaré tal cual pues lo suscribo a principio a fin, y así me ahorro la redacción. Hago mías sus ideas:


¿QUÉ HEMOS HECHO LOS PADRES?”

Sencillamente hemos abdicado.
Hemos abdicado de padres y pretendido ser amigos, sin pensar que los amigos se eligen y los padres se precisan.
Hemos abdicado de fijar los límites de acción de nuestros
hij@s a su propia voluntad del momento.
Hemos abdicado de enseñarles cómo es la vida para mostrarles sólo postales de color rosa.
Hemos abdicado de mostrarles cómo es la sociedad con que se van a encontrar, para engañarles con una total tolerancia e incluso lo que es peor, sumisión a todos sus deseos.
Hemos abdicado de estimularles al esfuerzo, dándoles la merienda antes de que la pidieran, llevándoles la mochila del cole sin que se hagan conscientes del peso innecesario que le van metiendo.
Hemos abdicado de que aprendan a compartir y nos hemos sacado el caramelo de la boca para que
ell@s lo chuparan, cuando sólo había uno.
Hemos abdicado de mandar cuando se precisa, haciéndoles pensar que así sería su futuro.
Hemos abdicado de permitirles que vivieran alguna frustración, apoyándonos en una teoría en vigor en los EEUU hace 20 años y que ya está absolutamente desprestigiada y obsoleta, sin caer en la cuenta de que en la vida vivimos tantas frustraciones que aprender a soportarlas o a resolverlas es imprescindible. Y que nosotros podemos enseñárselo progresivamente.
Hemos abdicado en el colegio para que allí tomen la responsabilidad de su educación sin pensar que es algo permanente, constante y que precisa la colaboración máxima de
tod@s cuantos en ella intervienen. Incluso de forma sistemática les hemos dado la razón cuando nos han dicho: “el profe me tiene manía” y les hemos defendido, de forma en ocasiones agresiva frente al profesorado, sin querer pensar en que normalmente el profesorado no tiene manía y normalmente también, los niños y niñas hacen normales trastadas...
Hemos abdicado en la Tele, para que les entretenga y tener así
nosotr@s más libertad, más tiempo, sin pensar, o lo que es peor sin dar importancia a lo que allí ven: series que no por ser de dibujos dejan de ser terriblemente agresivas, películas con personajes amorales que presentados como atractivos y simpáticos van a ser modelos para nuestr@s hij@s, olvidando que los niños y niñas aprenden por observación.
Teniendo un mínimo de paciencia y analizando veremos en un día cuántas proyecciones hay en que no salgan asesinatos, odios, violaciones, robos... Nos asombraremos. Y eso no es la vida pero de eso se aprende y se pasa a considerar normal.
Hemos abdicado de... Hemos abdicado en... Nuestra lista podría ser larga.
Quizás podamos reflexionar. Quizás aún nuestra abdicación no sea definitiva y podamos volver a ser padres.
Jaime Fuster Pérez. Psicólogo.

jueves, 26 de marzo de 2009

EL MIEDO PROGRAMADO

Me encontraba la semana pasada en un pueblecito del pirineo francés al que había acudido para visitar una casa en venta. El propietario no estaba y una señora nos avisó de que quizás en el bar del pueblo tuvieran llave. Allí acudimos y, efectivamente, el dueño del bar me la entregó de inmediato. Yo me quedé un poco parado, como esperando algo más. Le dije ¿no me la va a enseñar nadie? ¿voy a verla yo solo? “Yo no puedo, estoy trabajando. Luego me la devuelves”, me dijo este hombre. Y así nos fuimos, llave en mano, a visitar la casa en venta. Una vez allí, comprobé que no había cosas de gran valor pero sí algo de ropa, botas de montaña, un equipo de música, algunos muebles, cds… Cuando devolví la llave tan sólo me preguntaron si había apagado la luz del último piso. “Muchos se la dejan encendida”. Entonces constaté lo que ya imaginaba, que aquello no había sido una excepción en el sistema de visitas de esta casa.
Luego recordé que hace unos cuantos años ya me había sorprendido, justo en un pueblo vecino, que las casas estuvieran abiertas o con las llaves puestas por fuera.
No sé si se trata de un exceso de confianza (en la ciudad lo sería, sin duda) pero qué gusto vivir con ella. Qué gusto no andar con recelos todo el día, sospechando de unos, temiendo de otros. Qué sosiego, qué paz.

En el garaje de mi casa -vivo en Valencia- tengo que candar la bici y también el sillín desde que éste me voló en una ocasión. También desapareció la antena del coche y un casco de la moto que, confiado, había dejado sobre su asiento. No son grandes pérdidas pero me producen la incomodidad de tener que andar candándolo todo y el desasosiego de desconfiar de todos, porque sé que los ladronzuelos son vecinos (y no me consta que tenga vecinos que pasen hambre).

Me encuentro en un punto intermedio, no sé si equidistante, entre la plácida confianza de los habitantes de este valle francés y el miedo casi paranoico que a veces contemplo a mi alrededor. No es bueno vivir con miedos y los medios no ayudan (no es un juego de palabras). Demasiadas malas noticias, demasiados accidentes, atracos, violaciones o asesinatos leemos en los periódicos y, sobre todo, vemos en la televisión, que nos dan una imagen hipertrofiada de la realidad.
Pero no es nuevo. No creo que los medios de comunicación utilicen el miedo para manipularnos sino tan sólo para venderse mejor, porque saben que somos morbosos y nos gusta la sangre. Pero el miedo siempre se ha utilizado para fines más viles. La Iglesia católica sabe mucho de eso y ha fomentado el terror al infierno, al diablo, al limbo, a la hoguera, a la prisión, a la censura, a los rojos, a los granos pajeros, a la ceguera, al sida, a la ruptura de la familia o, quizás a la extinción de la especie humana (porque no sé cómo interpretar el último anuncio anti-aborto que ha promocionado).
Los gobiernos también han usado esta arma y no sólo los llamados totalitarios. La Administración Bush manejó a su pueblo a su antojo usando como arma principal el pánico al terrorismo. Crearon incluso una clasificación por colores; la alerta roja, naranja o verde de amenaza terrorista le decía a los norteamericanos el nivel de terror que debían sufrir. El miedo es el mando a distancia con el que Bush manejó a su pueblo y le permitió ganar por segunda vez las elecciones. En ese país, además, el miedo al vecino constituye la principal fuente de ingresos de la industria armamentística. En EEUU el miedo mata.
Ese mismo temor se fabricó para justificar una guerra y un presidente nuestro llegó a decir ante las cámaras de televisión, en directo y en horario de máxima audiencia, mirando a los ojos de su entrevistador y con semblante preocupado aquello de “créame usted y créanme todos los españoles que estoy diciendo la verdad. Irak tiene armas de destrucción masiva”. Desde entonces, daba igual que en España murieran en dos semanas por accidentes de tráfico el mismo número de personas que morirían después en el atentado del 11-M; daba igual que cada año caigan por ese mismo motivo en todo el mundo cientos de torres gemelas; a la gente le sigue dando miedo su vecino marroquí mientras conduce su coche a 180 km/h.

Los maltratadores someten a sus parejas mediante el miedo a la agresión; los jefes a los empleados mediante el miedo al despido, los hijos a los padres con el miedo al rechazo, etc.

El miedo es natural. Es un instinto de supervivencia que nos permite huir cuando hay un peligro. Y es natural temer a la muerte, a la enfermedad o a la vejez. Pero carguemos en nuestras maletas las justas dosis y no compremos las que nos venden porque, como dice Carlos, mi cuñado, los cobardes nunca se llevan las chicas guapas.

Por cierto, para el que lo quiera, vendo mis miedos. Los regalaría pero quiero comprarme una casa en los Pirineos.

lunes, 23 de marzo de 2009

LA INFIDELIDAD (SEXUAL)

Antes de cerrar el tema de la infidelidad (porque tengo que cerrarlo, que este blog no trata tan solo este tema, al margen de que sigáis escribiendo comentarios, que me encanta) quiero trasladar este artículo que me he encontrado por Internet. Me gustaría poder deciros quién es el Dr. Raúl E. Martínez M. pero no he logrado averiguarlo. Él nos habla en su artículo de diversos estudios sobre la infidelidad sexual y su incidencia en cifras tanto en hombres como en mujeres a lo largo del tiempo.
Aparte de las cifras que nos muestra, me quedo con el primer párrafo y la última frase. Los he remarcado en azul. Son los que me dan más a pensar.
Aquí lo tenéis:
Dr. Raúl E. Martínez M.
En sentido estricto, la infidelidad implica la ruptura unilateral de cualquier compromiso asumido consciente y voluntariamente. En esta perspectiva, cualquiera acción u omisión que afecte adversamente a algunos de los términos explícitos del contrato matrimonial o los implícitos de un convenio no legal ("pololeo", noviazgo o convivencia) podría y debiera calificarse como conducta infiel. Sin embargo, la infidelidad sexual es la única que se juzga habitualmente con suficiente importancia como para justificar una ruptura de pareja, los sentimientos de culpa o la ira, la depresión y la venganza. Sin duda, la importancia concedida a esta infidelidad guarda relación con la importancia hipertrofiada que se concede al sexo y la supuesta estrecha relación constante con otros afectos, los que además se suponen de una magnitud prefijada, que impediría amar a más de una persona, o de un tipo tan exclusivo que se cree no podría experimentarse de forma diferente por distintas personas.
Reibstein y Richards (1993) señalan los tres enfoques posibles respecto a lo que significa una infidelidad sexual/afectiva en el matrimonio: a) es síntoma de que algo anda mal en la relación de pareja y que lo faltante en éste sería lo que se busca en la relación extramarital, b) es indicadora de que el matrimonio es satisfactorio, que no sofoca a sus miembros y que por tal circunstancia una infidelidad lo reforzaría, y c) no tiene ninguna relación directa con la vida estable de pareja, así como no podría afirmarse que la dedicación al trabajo o las relaciones amistosas resten algo esencial al matrimonio.
Fisher (1996) revisa las cifras de mujeres y hombres norteamericanos infieles, buscando los posibles cambios ocurridos a lo largo del tiempo en función de los nuevos entornos sociales. En la década del 20, Hamilton descubrió que el 28% de hombres y el 24% de mujeres había incurrido en infidelidad, mientras que Kinsey y sus colaboradores a fines de la década de los 40 e inicios de los 50 informaban de algo más del tercio de hombres y el 26% de las mujeres (antes de los 40 años de edad). Aunque 20 años más tarde los porcentajes no habían cambiado notablemente, si emergían dos fenómenos nuevos: las primeras aventuras sexuales de hombres y mujeres ocurrían más tempranamente y se daban pasos hacia la visión igualitaria de unos y otras. Datos más recientes (Wolfe, 1981) señalan que el 54% de las mujeres casadas participantes en un estudio, se habían comportado infielmente, mientras que había hecho lo propio el 72% de hombres casados.
De su estudio con 100.000 mujeres, Tavris y Sadd (1980) concluyen que: a) no ha variado substancialmente el número de mujeres casadas que sostienen relaciones extraconyugales desde el estudio de Kinsey y sus colaboradores, aunque ahora las inician más temprano; b) la mayoría de las mujeres infieles manifiestan estar aburridas o sexualmente insatisfechas en su vida matrimonial, pero una minoría no despreciable disfruta por igual de su marido y su/s amante/s; c) las mujeres de ahora tienen un número similar de amantes que las de épocas previas, pero prefieren las aventuras esporádicas por sobre las relaciones afectivas prolongadas; d) las mujeres creen que se sentirán más culpables de lo que, una vez ocurrida la infidelidad, se sienten realmente; e) la doble moral permanece pero los comportamientos de hombres y mujeres respecto a la infidelidad son cada vez más similares; f) la religiosidad continúa actuando como fuerte inhibidor de las relaciones extraconyugales, pero ésta tiende a ser menos eficaz con las mayores edades de la pareja y duración del matrimonio y el aumento de las oportunidades; g) la mayoría de las esposas norteamericanas han sido y son monógamas y quieren mantenerse de ese modo. Todos estos datos son referidos a inicios de la década de los 80.
Botwin (1994) caracteriza a quienes llama mujeres "pioneras" (que corresponden a una minoría de las actuales infieles) en cuanto a las relaciones extraconyugales, que se comportan en este ámbito de un modo más bien masculino: 1) están felizmente casadas; 2) son capaces de separar afecto amoroso y sexo; 3) acusan experimentar, como base de inicio de sus infidelidades, la sola atracción sexual sin valorar necesariamente otros aspectos del hombre como su personalidad o el tipo de relación (amistosa por ejemplo); 4) se relacionan con amantes más jóvenes que ellas; 5) pueden concretar una infidelidad sobre los 50 o 60 años; 6) se atreven a plantear sus intenciones a quienes les interesan; 7) son capaces de alternar experiencias extraconyugales fortuitas y breves con relaciones más profundas y duraderas; 8) se sienten poco o nada culpables; 9) aprecian el alto nivel de excitación general que les produce la relación infiel; 10) sienten que la libertad sexual va a la par con la libertad económica de que disfrutan; 11) reclaman el espacio concedido por el desliz, para aliviarse de sus muchas responsabilidades. Fisher (1996) manifiesta su oposición a las interpretaciones de la biología y la psicología evolucionistas favorables a la mayor tendencia de los hombres hacia la infidelidad y sin abandonar esa perspectiva teórica señala que probablemente la mujer, tanto como el hombre, está predispuesta a la infidelidad en la medida que sus ancestros también se comprometieron en episodios de intimidad sexual al margen de su monogamia porque le reportaron beneficios en la forma de mayores y más variados recursos de diferentes hombres, mejores genes de quien se manifestaba más agresivo sexualmente, mayor seguridad de tener parejas disponibles si es que uno de los hombres abandonaba el hogar o fallecía, y mayor variedad de hijos que asegurasen su sobrevivencia genética.
Por las circunstancias sociales en las que ocurren y sus múltiples y dramáticas posibles consecuencias, es probable que asuman características particulares los amantazgos (relación infiel) de mujeres u hombres casados con hombres y mujeres de igual o distinta condición civil. Obviamente, resulta más perturbador para los implicados y el entorno social, la ocurrencia del amantazgo entre casados y entre casados y solteros, siendo menores los efectos de los episodios entre solteros. Los impactos psicológicos pueden ser de variada magnitud, en función de las características de las personas implicadas y las del amantazgo (duración; ámbito de relación preferente, ya sea intelectual, afectivo o sexual; el tiempo de dedicación, etc.).
Aún cuando la mayoría de los episodios de infidelidad involucran alguna intimidad sexual, debe saberse que un número no despreciable se puede describir mejor como situaciones de infidelidad afectiva, sea porque no incluyen manifestaciones físicas eróticas y/o porque sus factores causales no son de índole estrictamente sexual. Sin embargo, al margen de esta consideración, una infidelidad puede ser un episodio altamente traumático para quien hasta ese momento ha confiado plenamente en su pareja, siendo difícil y a veces imposible la reparación psicoterapéutica. En contra de lo que pudiera suponerse, el/la infiel puede también sufrir un intenso sentimiento de culpa cuando no ha habido premeditación sino la mera conjunción casual de circunstancias favorables para la ocurrencia del hecho. De ocurrir, tal emoción muy destructiva se une a la incapacidad para convencer al otro de que el episodio de infidelidad no compromete lo esencial de su afecto y su compromiso. En realidad, ¿quién, si se ha sentido burlado, podría creer sin más en que el arrepentimiento es muy sincero y por lo tanto volver a confiar? A pesar de toda la crítica social, no son pocos los que, con una visión comprensiva y realista están llamando a reconocer la nueva "institución" del amantazgo como aquélla en que pueden tener lugar honestas, heroicas y desinteresadas entregas afectivas y/o sexuales, y que pueden incluso paradojalmente facilitar que un matrimonio sobreviva al desencanto.

viernes, 13 de marzo de 2009

DE MONOS A RATONES (Y SIN CAMBIAR DE TEMA)

Calvin Coolidge fue presidente de los EE.UU entre 1923 y 1929. Cuentan que en una visita que realizó con su esposa a una granja avícola, la Sra. Coolidge preguntó cómo podían producir tantos huevos habiendo tan pocos gallos. El granjero explicó que sus gallos cumplían con su deber docenas de veces al día.
“Quizá debería hacérselo saber al Sr. Coolidge” respondió en alto la primera dama.
El presidente, que oyó el comentario, preguntó al granjero “¿los gallos cubren a la misma gallina cada vez?” “no” contestó el granjero “hay muchas gallinas para el mismo gallo”. “Quizá debería hacérselo saber a la Sra. Coolidge” contestó el presidente.

Esta anécdota, que no sé si realmente existió, dio nombre al llamado efecto Coolidge. El efecto Coolidge es el hecho de que un macho, cuando copula, y se vuelve incapaz de continuar la cópula con una pareja sexual, puede a menudo reanudarla con una nueva pareja. Esto es lo que venía a demostrar un experimento llevado a cabo (esta vez con ratones) en 1988. Aunque inicialmente se pensó que se daba sólo en machos, investigaciones posteriores demostraron que el efecto se da también en hembras.

Creo que ya superamos aquella pregunta de ¿debe darse el sexo sin amor? Casi todos tenemos claro que sí, aunque alguien piense que si se da con amor, mucho mejor, o al menos con un poco de cariño. La pregunta siguiente que yo formularía es ¿puede darse el sexo fuera de la pareja? Es decir, ¿con alguien que no es tu pareja estable? Yo creo que hay en conflicto dos voluntades: una, la de seguir viviendo en un espacio seguro emocionalmente en el que además estás a gusto porque la persona con la que lo compartes te gusta, la quieres y tienes con ella proyectos comunes*. De otra parte, el deseo de tener sexo con otras personas, la llamada de los genes, de las hormonas, de los escotes, las minifaldas o los calendarios de bomberos. Esa lucha entre esas dos fuerzas se da y yo me atrevería a decir que en todas las parejas. Más tarde o más temprano pero se da.
¿Cuál es la forma más sana de conciliar estas dos voluntades? ¿Debemos renunciar a una vida feliz para poder tener sexo con otras personas? o ¿debemos renunciar a tener sexo con otras personas para salvar nuestra vida feliz? ¿Y si con esta renuncia nuestra vida no acaba siendo tan feliz como pensábamos? ¿Podemos seguir siendo felices con nuestra pareja practicando sexo con otras personas sin sentimiento de culpa y sin tener que dar explicaciones a nadie? ¿Por qué aun aceptando la infidelidad nos pone tan celosos pensar que nuestra pareja pueda estar con otra persona?
Joder, qué pesadito me he vuelto con tanta pregunta.

*Doy por hecho que si en la pareja no se dan las condiciones de las que hablo (tener un proyecto común, quererse, gustarse...) lo mejor es dar por terminada la relación (no pienso hablar de hijos e hipotecas)
Como ya anuncié (y a petición de Bonsai) os he dejado una nueva encuesta. Sed sinceros que es anónima.

martes, 10 de marzo de 2009

EL MONO QUE INTENTÓ ALCANZAR LAS BANANAS

Esto de los experimentos me está resultando interesante. El que voy a contar a continuación hace tiempo que lo conozco, posiblemente vosotros también, y explica el poder de las costumbres en la sociedad. Espero que a Anita no le parezca cruel esta vez (no te enfades, que es guasa).
Tenemos 6 monos en una jaula. En medio, y sobre una escalera, se sitúa unas bananas. Cada vez que uno de los monos intenta alcanzarlas una manguera de agua a presión se acciona contra el grupo. Así, una y otra vez hasta que los monos desisten de la idea de obtenerlas, pues ello comporta un castigo. Llegados a ese punto, se sustituye uno de los monos. Como es natural, el recién llegado trata de alcanzar la fruta deseada. Cuando lo intenta, el resto de inquilinos arremete a golpes contra él para impedir ser castigados con un manguerazo. Tras algunos intentos más, con el mismo resultado, este mono renuncia a la banana. En ese momento se sustituye otro mono. La historia se repite con éste (que es agredido incluso por el primer sustituto, quien jamás recibió manguerazo alguno) y luego con otro sustituto y con otro más y así hasta que los 6 monos son reemplazados. Ninguno de los que queda ahora ha recibido jamás un manguerazo, sin embargo ninguno intenta alcanzar el fruto deseado. De manera que tenemos 6 monos en una jaula con unas deliciosas bananas a su alcance y, sin saber ninguno de ellos el porqué, nadie trata de cogerlas (no sé si “nadie” se le puede aplicar a un animal, pero es que estos monos se nos parecen tanto...)

¿Cuántas cosas hacemos porque siempre se han hecho así? Os invito a que me contéis unas cuantas. A mí se me ocurre alguna: la fidelidad, o más concretamente, el buen concepto público, casi institucionalizado, que se tiene de ella. Estoy acabando de leer Sexualmente, el libro de Nùria Roca, una deliciosa proclama de todo lo contrario. Dice en su capítulo 20 “la fidelidad es como la monarquía, algo que sabemos que no tiene sentido, pero que no queremos cambiar. No tiene sentido que un señor sea el jefe de un Estado por ser el hijo de una persona concreta, como no tiene sentido que alguien mantenga sexo únicamente con la misma persona durante décadas. Lo aceptamos, pero que nadie me cuenta a mí que eso es normal”... “Los seres humanos evolucionamos, las mujeres hemos cambiado y ocupamos un lugar destacado en las sociedades, hay un nuevo hombre que busca su nueva ubicación en el mundo, pero la pareja sigue rigiéndose con las mismas reglas de hace siglos. ¿Será la explicación del 70 por 100 de separaciones? No será la única, pero con otras reglas es posible que algunos matrimonios pudieran salvarse. ¿El tuyo, por ejemplo? Piénsalo”

Seguramente volveré a este libro y a este experimento en más ocasiones, pero no será hoy, que cada vez me acuesto más tarde y he de madrugar.

sábado, 7 de marzo de 2009

EL EXPERIMENTO DE LA PRISIÓN DE STANFORD

Indagando sobre el experimento que nos contó Miguel Angel, he encontrado otro que también me ha parecido interesante y que nos lleva a similares conclusiones. En resumen se trata de la creación de una cárcel ficticia como escenario y la selección de un grupo experimental de 24 universitarios de clase media que son divididos aleatoriamente en dos grupos iguales: la mitad guardas, la otra mitad reclusos. De inmediato, ambos grupos asumen su rol. Los guardas someten a los reclusos a un trato vejatorio y humillante que éstos aceptan.
Tanto se fue el experimento de las manos de los investigadores que tuvo que suspenderse a los 6 días cuando estaba programado para 14.

Aunque el estudio haya sido criticado por falta de ética y porque no se ajusta a las condiciones del método científico, leer en profundidad los pormenores del mismo es para asombrarse y asustarse. Como en el caso del experimento de Milgram (el de las descargas eléctricas) se trata de evadir la propia responsabilidad moral, ya sea por tener un respaldo institucional que legitima nuestra acción o por cumplir órdenes. Pero quién no ha visto asunciones de rol similares en algún policía, en algún encargado de alguna fábrica, en algún jefecillo, en algún delegado de clase en nuestra etapa escolar, en algún funcionario o en algún cabo del ejército. ¿Quién que haya hecho el servicio militar no recuerda la mutación de roles entre recluta y veterano con la llegada de los nuevos reemplazos? Meditadlo.
Si queréis saber más sobre el experimento, hacer clic en los siguiente enlaces: